Mi Super Bowl

Cada cuatro años, aún sigo esperando ansiosamente la llegada del Mundial de Fútbol (soccer, para los gringos). Sin embargo, los primeros domingos de febrero, un poder intenso me abduce porque llega el evento más atractivo del calendario deportivo. 

En estas tierras, uno nace con la pelota redonda bajo los pies, mientras que la ovalada llegó después, traída desde Estados Unidos. Aquí, cualquier niño de 5 años sabe jugar al fútbol, pero muy pocos adultos conocen el football. Son disciplinas muy diferentes, descendientes de culturas disímiles. El football deriva del rugby europeo, mientras que el fútbol es tan antiguo que se practica en todo el globo y es fácil de enseñar. Necesité muchas horas de televisión y bajé cientos de páginas de internet para comprender de qué se trataba “el otro fútbol”. El resultado fue fulminante, y me transformé en creyente.

Mi Dios está en un terreno de 100 yardas y el cáliz es una pelota ovalado y con cordones. La única similitud con el soccer es la cantidad de discípulos. Cuando 11 jugadores atacan, los otros 11 deben defenderse. El ovoide se traslada con las manos, a veces se puede patear, y también se lo pasan hacia atrás, como en el rugby, pero no es rugby.

Un mariscal -o mesías- decide la próxima jugada de ataque, como si el terreno fuese un campo de batalla. Las cruces que simbolizan la cristiandad, aquí marcan los objetivos a bombardear en un mapa bélico detallado por el comandante en jefe. Hay cascos, protectores e intercomunicadores de combate. Los choques, los tacles y las sujeciones son violentos. No obstante, para entender el juego hay que memorizar algunos mandamientos primordiales.

El plan consiste en llevar el balón a la zona de anotación rival y gritar ¡touchdown! Para ello, el equipo ofensivo tiene cuatro intentos de avanzar 10 yardas renovables. De lo contrario, deberá entregar la pelota. Hay dos maneras básicas de agredir: la más simple es transportando el balón “por tierra”; la sofisticada y moderna se resuelve lanzando el cuero hacia un compañero adelantado, que deberá atraparlo “por aire”. Así, únicamente queda excluida la batalla naval. Si estudiamos la cultura norteamericana, será más fácil dilucidar el fanatismo de todo un país hacia este culto pagano.

Siempre creí que el fútbol nuestro de cada día era mi deporte favorito. Estaba equivocado, a pesar de que lo disfruto mucho más cuando lo  juego. El periodismo especializado me llevó por diversos rumbos, cultivando experiencias en varias radios, en algunos canales de televisión y en pocos periódicos. Los sitios de internet me abrieron un espectro amplio y enroqué profesionalmente el orden de mis disciplinas favoritas. Una liga argentina me vinculó con los soldados del rito americano y la NFL se adueñó de mis costumbres. El duelo lo ganó la práctica extranjera para profesar football en las pampas y transferirlo a otras latitudes.

En Estados Unidos, la religión y la guerra se enlazan en una cruzada deportiva por 50 estados que, últimamente, logró expandirse por todo el mundo. México, Canadá y Brasil emergieron como potencias americanas. En Argentina, la liga metropolitana y algunos equipos provinciales ya están bautizados. El Super Bowl atrae y magnetiza por diversos motivos. Los infieles que no vislumbran el juego sienten que el show del entretiempo es el clímax de la oración, pero desconocen que durante los cuatro períodos de 15 minutos, se profesa el máximo sacramento. Como en la fe, hay que ver para creer. Es el football, una guerra santa...