[Por
Santiago Figueredo]. El show de medio tiempo de Bad
Bunny en el Super Bowl LX ha sido analizado
mayoritariamente bajo el lente de la política y el choque cultural
por personas que desconocen la dinámica de la NFL.
Quienes realizaron un trazado únicamente político ignoraron por
completo el complejo tablero de ajedrez que la Liga diseña desde
hace más de dos décadas. Lo que para muchos fue una provocación,
para quienes conocemos el deporte fue un movimiento de
mercado calculado hacia los nuevos negocios.
Los periodistas que seguimos la NFL desde hace 20 años, sabemos que la Liga busca intérpretes que atraigan a un público foráneo. Esta política de "exportación" comenzó en el nuevo milenio con partidos en México e Inglaterra, destinos con masas críticas de fanáticos. Recientemente, se entendió que Brasil podría continuar el lazo latinoamericano con una plaza vital para desembarcar en Sudamérica porque cuentan con millones de seguidores y una liga de futbol americano que es apoyada por clubes de fútbol. Además del gran mercado mexicano -donde el football esta instalado hace décadas-, en Europa la red también se extendió: a los juegos en el Reino Unido —donde hay propietarios de la NFL con acciones en la Premier League— se sumaron España, Alemania, Francia e Irlanda. Incluso el desembarco en Australia este año proyecta la mirada final hacia el mercado de Asia.
Pero la expansión no es solo física; es comercial. La NFL viene otorgando licencias de equipos en otros países, como ocurre con los Miami Dolphins en Argentina, consolidando una presencia marcaria permanente. En este contexto, el show de Bad Bunny sigue la línea de invitar a artistas que representen a las llamadas minorías que cada vez tienen mas representación cultural en Estados Unidos -Kendrick Lamar, Usher, Rihanna, Snoop Dogg, Jennifer López o Shakira- y esto les sirve para captar audiencias globales.
El "Conejo Malo" no fue elegido al azar ni por activismo: fue el embajador necesario para validar una hegemonía deportiva y cultural que ya no reconoce fronteras. Mientras los opinólogos se distraían con la retórica sobre políticas migratorias o el idioma de las canciones, la oficina de Roger Goodell -el comisionado de la NFL- ejecutaba un plan de negocios brillante. Bad Bunny fue el puente para consolidar mercados y atraer seguidores a partir de Latinoamérica, una pieza clave en la ingeniería de expansión que la liga proyecta a largo plazo.
Si bien el artista puertorriqueño ha sido crítico de Donald Trump, la verdadera noticia no fue el mensaje, sino la soberanía de una liga demasiado grande para caer bajo presiones políticas. La histórica enemistad de la NFL con el magnate —que comenzó en los ‘80 cuando los propietarios le impidieron comprar una franquicia— se consolidó con otra batalla: Al haber blindado su economía y globalizado su producto, la Liga mas rentable del mundo demostró que su marca es soberana. Por eso, esta guerra se libró en el terreno de la autonomía institucional porque la NFL decide su propia narrativa y su mercado es el planeta entero, independientemente de quién ocupe el Salón Oval.
En octubre, cuando la administración Trump intento presionar al comisionado para correr a Bad Bunny, los propietarios de las franquicias respondieron enérgicamente que no cederían porque “el objetivo es el alcance global y este artista tiene un alcance global enorme". Desde 2019, la NFL se asocio con el rapero Jay-Z para asesorar en la selección de los artistas del espectáculo con el objetivo de promover "iniciativas centradas en la cultura y las causas sociales".
Aunque la presencia conmovedora del reciente ganador del Grammy haya perforado aspectos políticos y sensibilizado a millones de personas, la ambición de la NFL es mayor que cualquier disputa partidaria. La idea -la del autor- no es contraponer ni distorsionar lo ocurrido tras el show de Bad Bunny con su poderoso y efectivo mensaje de paz, ni modificar el contexto, sino ampliarlo ante la critica solipsista.
Posiblemente, estamos ante el nacimiento de una estructura de franquicias internacionales y, tal vez, un Super Bowl en otro continente. Reducir lo ocurrido en el espectáculo a una disputa meramente ideológica es desconocer la dinámica del negocio. Fue, en realidad, el sonido de una conquista global sin precedentes. Una estrategia que lleva a la NFL a otro nivel y que recién está comenzando.
[The analysis posits that Bad Bunny's Super Bowl halftime show was a calculated marketing move rather than a political statement. It argues that the NFL is a global commercial enterprise focused on market expansion, particularly in Latin America, and that the performance was a strategy to consolidate markets and attract fans].

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